Yo, yo mismo y Yo – Integrando la aceptación de 5D en nuestro Ser Por Jennifer Hoffman

Integrando

Nos juzgamos muy duramente porque no hemos podido superar la pena, la vergüenza o la culpa del pasado y no logramos imaginar cómo podríamos llegar a convertirnos en el recipiente de paz, alegría, amor y satisfacción que deseamos. Creemos que estamos incompletos, por lo que nos embarcamos en interminables técnicas de sanación en nuestro intento por comprender un pasado que no podemos resolver y el deseo de crear un presente que aún no podemos concebir. Sin embargo, si logramos contemplarnos en nuestros tres aspectos, “yo, yo mismo y Yo”, y conseguimos integrarlos en congruencia, podremos crear la vida que anhelamos y liberarnos de los métodos de sanación que no sirven a este propósito.

Nuestro “yo” es el ser humano en el cual nuestra alma se encarnó. Éste “yo” es mucho más complejo de lo que imaginamos, ya que contiene las experiencias de todas nuestras vidas, de todas las energías con que hemos conectado, y todo aquello que hemos sido alguna vez, bueno y malo, positivo y negativo, víctima y perpetrador. Creemos que comenzamos cada nueva vida como una página blanco, pero no es así. Comenzamos cada existencia como un libro repleto de información de nuestras vidas anteriores, cuya única página en blanco es la vida que comienza.

La página en blanco consiste en lo que crearemos en esta vida, pero no tendrá valor para nosotros si no reconocemos que forma parte del libro de nuestras numerosas existencias. Intentamos encontrar la felicidad comprometiéndonos con la sanación para poder así reescribir el pasado, pero tampoco funciona, porque nuestro trabajo de sanación siempre nos lleva de vuelta al comienzo de ese libro. En realidad, debemos concentrarnos en la página en blanco, en el nuevo ser que emergerá de las cenizas del pasado al utilizar esas cenizas como fertilizante para el nuevo comienzo que deseamos crear. Y eso es posible cuando permitimos que el pasado se integre a nuestro ser y trabajamos desde nuestro ser completo, o “yo mismo”.

Nuestro “yo mismo” es el punto de partida de nuestra nuevo ser. Es el yo que criticamos, juzgamos, odiamos, culpamos, del que nos avergonzamos, y también al que menospreciamos por su dolor, por sus miedos y debilidades. Cuando nos enfocamos en él vemos todo lo que consideramos como el origen de nuestro dolor, de nuestros errores y de nuestra falta de progreso o avance. Sin embargo, el “yo mismo” es la semilla de nuestro tercer aspecto, el “Yo”, porque llegamos a la congruencia a través de la aceptación de  quien hemos sido, no del rechazo.

Ahí es donde nos estancamos en ciclos de sanación y nunca llegamos a sentirnos completos (que es el paso necesario para poder pasar de la sanación a la congruencia). Debemos sentirnos completos en todos los aspectos, no porque neguemos o rechacemos ninguna de nuestras partes por encontrarlas desagradables o cuestionables, sino porque utilicemos nuestra debilidad para volvernos fuertes, nuestro miedo para generar coraje, y reconozcamos que nuestra humanidad existe para que nuestra divinidad pueda brillar.

Una vez lleguemos a aceptarnos completamente, abriremos la puerta para que nuestra divinidad pueda brillar a través de nosotros. La divinidad consiste en ser totales, no sagrados. No se presenta en nuestra puerta cuando hemos sido lo bastante buenos, sino cuando reconocemos que nada en nosotros es imperfecto ni irredimible. Y que tenemos miedo porque rechazamos las bendiciones de nuestra divinidad, creyendo que no somos lo bastante buenos para ser divinos. Éste es el “Yo”, la parte de nosotros que encierra la clave de la alegría, el amor, la paz y la satisfacción que deseamos. También es quien nos ayuda a reconocer que somos parte de la Fuente o de Dios, y que nada de lo que hagamos podrá nunca separarnos.

El descubrimiento de estos tres aspectos, yo, yo mismo y Yo, es el mayor desafío de nuestra vida. Es una lección de aceptación que forma parte del amor a uno mismo a niveles mucho más profundos. Reconocemos con aceptación nuestra humanidad y todas sus flaquezas e invitamos a que nuestra divinidad comparta nuestra mesa, aunque estemos comiendo en platos de cartón, con cubiertos de plástico y usemos papel de cocina como servilleta. Nuestra divinidad no necesita porcelana exquisita, ni tampoco plata, le basta con una invitación a sentarse con nosotros.

Alcanzaremos nuestro “Yo” cuando estemos listos para aceptarnos “con nuestras verrugas y demás imperfecciones” y reconozcamos nuestra propia perfección implícita. Desde el Yo encontraremos entonces la congruencia, la armonía, la fluidez y la conexión que nuestra alma desea, porque habrá encontrado un hogar en nuestra humanidad y sabrá que guarda un lugar para la divinidad en la mesa de nuestro ser.

Derechos de autor reservados © 2017 por Jennifer Hoffman. Pueden citar, traducir, reimprimir o referirse a este mensaje si mencionan el nombre de la autora e incluyen un vínculo de trabajo a: http://enlighteninglife.com

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15 de Marzo 2017

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